Superposición del sitio

Una mera anécdota

    Había tenido ese año una alumna iraní, dulce y encantadora de 15 años, que venía a clase con su túnica y velo tradicionales en forma de chador. Sólo su cara –preciosa- quedaba a la vista. Era educada y formal, y ponía interés en las clases. Los compañeros la trataban con respeto, aunque entraba y salía sola y no parecía que tuviera demasiada confianza con ninguno de ellos. Llevaba siempre un Corán en su cartera y, a veces, por ejemplo al entregar un examen antes de tiempo, lo sacaba y recitaba en voz baja una o varias suras. Su exotismo no tenía para mí punto de comparación con el de algún alumno tatuado y con rastas o con extensiones de orejas y anillo en la nariz que también tenía en clase. Era para mí exotismo de pura cepa.

    Me miraba con ojos indulgentes y atentos, pero nunca le puse más de un 6 como nota, porque, en estrictos términos académicos, no se lo merecía. Pero nos caíamos bien, eso estaba claro. La última clase del año, antes de las vacaciones de Navidad, ella se quedó al final de la clase y, cuando nos quedamos solos, sacó dos libros de su cartera. Me dijo que le había dicho a su padre que a mí me gustaba mucho leer y que él le había dado esos ejemplares para mí. No eran un préstamo, sino un regalo, podía quedármelos, se apresuró a decir mientras me los entregaba. Se lo agradecí y le dije que trasladara a su padre las gracias. Esas vacaciones me los leí, aunque no pensaba hacerlo, y aunque lo hiciera de un modo rápido y oblicuo. Eran libros no mal editados, pero sin lugar ni fecha de edición, algo extraño. Se basaban en las contradicciones y las insuficiencias del Antiguo y el Nuevo Testamento y esgrimían una explicación interesante (bastante más elaborada de lo que pensé en un principio), aunque descaradamente proselitista, de la religión islámica, como la única religión verdadera, que había llevado a su perfección, gracias al Profeta, las imperfectas aproximaciones judía y cristiana.

    Le dije a la vuelta de vacaciones que los había leído y que me habían parecido interesantes. También le dije que algún día, si le parecía bien, podíamos dedicar los últimos diez minutos de la clase a que nos recitara en árabe a sus compañeros y a mí alguna sura del sagrado Corán. Ella no puso ninguna objeción y al cabo de un par de semanas, se lo propuse y lo hicimos. Empezó a salmodiar el texto con voz dulce y armoniosa, y en seguida se abstrajo de todo y de todos poniendo su alma en la recitación. Yo me fijaba discretamente en el resto de alumnos por si había alguna mofa ante el experimento y vi que se lo tomaban como una experiencia curiosa (y que les liberaba, por añadidura, de algunos minutos de clase formalmente entendida). Ella, por su parte, prosiguió el recitado de manera imperturbable hasta que tocó el timbre y le dije que parase. Cuando los alumnos vaciaron el aula y mientras ella reposadamente volvía a meter el libro sagrado en su cartera le pregunté por el contenido de su recitación. “¿De qué iba lo que nos has leído?”, le dije. “De los males que hará recaer Alá sobre los infieles”, me respondió, con una dulce sonrisa, como si estuviera diciendo otra cosa. “¡Ah!, exclamé yo, sin más comentario.

    Al final de curso le puse un Notable (aunque sus resultados eran de Bien) y nos despedimos muy afablemente. A la vuelta de vacaciones, en los cotilleos del Claustro, el Director nos dijo que ese verano la policía había hecho en el barrio una redada de peligrosos fundamentalistas islámicos y uno de los que había sido detenido y encarcelado era el padre de esa alumna, que ya no volvió a matricularse en el centro.