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Silencio: se torea

Afirmaba Francisco Montes, “Paquiro”, en la última parte de su Tauromaquia (1836), donde plantea la reforma del espectáculo taurino, que “éste es muy a propósito para la algazara y vocería” y proponía medidas para que tales manifestaciones no cayeran en lo abusivo o lo indecoroso y se contuvieran en los “límites justos”. Y no lo decía sin fundamento. Alejandro Dumas –que vio, por cierto, torear a Paquiro en la plaza de Madrid- describe el impacto que le produjo salir a los tendidos la primera vez que asistió a una corrida de toros: “Quien no haya visto esta España cegadora no sabe lo que es la luz del sol; quien no haya oído los ruidos de la plaza no sabe lo que es el ruido”.

Sí, efectivamente, la tauromaquia era y es un espectáculo de luz y sonido, como se diría ahora, aunque es totalmente natural y no precisa de medios tecnológicos para lo luminoso y para lo ruidoso. Pero además esas condiciones no caracterizan por entero el espectáculo: es solar y luminoso, sí, pero también es oscuro y numinoso, porque la muerte y el misterio están presentes; y es ruidoso, sí, porque es emocional y multitudinario, y porque los espectadores participan en él, y hay peñas festivas y bandas de música y vendedores ambulantes voceando sus productos; pero también hay momentos de hondo y preñado silencio, que aún son más significativos por su contraste con el fragor ambiental. A estos silencios es a lo que quiero referirme.

Sí, es verdad, la corrida es un espectáculo plástico más que auditivo, pero algo esencial se pierde si no la “oímos”. Probemos a quitarle el sonido a una corrida de toros por televisión; algo importante nos falta. Y quizá no son sólo los sonidos; quizá es precisamente a veces un momento de silencio especialísimo lo fundamental que no captaríamos en esa retransmisión muda. Y cosas sutiles que permite la técnica si le diéramos voz. Uno de los aciertos de la película Tardes de soledad es la colocación de micrófonos estratégicos para recoger los sonidos íntimos del toro y del torero. La respiración del animal, el roce de las telas, las crudas interjecciones del torero o sus frecuentes interpelaciones al toro. Cosas que a veces no se escuchan, pero que dimensionan lo que ocurre en el albero. Pero, en fin, no quiero desviarme del tema y hablar de sonidos por sutiles que sean; quiero hablar del silencio en las plazas de toros. O de los silencios, porque hay de muchos tipos.

La tauromaquia, en realidad, está llena de silencios que pesan, incluso antes de empezar la lidia: el silencio sacramental al vestirse el torero, el silencio religioso en la capilla de la plaza, el silencio de concentración tensa en el patio de cuadrillas, incluso a veces los minutos de silencio con el público en pie por causa de alguna defunción significativa. También en el curso de la lidia hay muchos silencios, y muchos de ellos no son buenos. Hay silencios de aburrimiento y desinterés en mitad de la lidia, que son como jarros de agua fría para el espectáculo. Y hay silencios de penalización, de reprobación, al final de ciertas faenas (en las crónicas taurinas hay una expresión para estos casos que me parece arrasadora, y es cuando se dice que el torero “fue silenciado”). Y también hay, por supuesto, silencios de respeto, como el que se produce en el momento de estoquear al toro (¡qué ignorancia, por cierto, –o qué mala fe- la de aquel animalista que escribía en un libelo antitaurino que “el torero hunde el estoque con la derecha hasta el puño, mientras una banda toca marchas y pasodobles”!). O, en fin, el trágico silencio que sucede a la gravísima o mortal cogida: “En las esquinas grupos de silencio / a las cinco de la tarde”, escribe Lorca en su Llanto por Ignacio Sánchez Mejías.

Pero luego está el silencio del que queremos hablar específicamente, que es el silencio casi eucarístico que espera y preludia la magia del acontecimiento. No es el silencio del ángel que pasa, sino el del ángel que anuncia lo que va a pasar… Se hace el silencio, sí. Como se hizo la luz para alumbrar las cosas. O como ese silencio que en la pintura barroca indica a veces un personaje del cuadro llevándose un dedo a los labios para que atendamos en toda su hondura o importancia a la escena. Pero ese silencio, en realidad, se hace entre todos; lo produce la emoción, la expectación compartida, y es el marco más adecuado para el desgarro de los olés, que rompen el silencio intermitentemente hasta hacerlo explotar en la ovación final. 

Cómo definir con una palabra la condición grávida y grave, espontánea y solemne, de este silencio que se produce al unísono (aunque esta expresión se desmienta aquí a sí misma) por miles de espectadores. Se me ocurre acudir a una calificación que Cervantes usa más de una vez a lo largo de su obra al referirse a un “maravilloso silencio” que puede escucharse en ciertos momentos de extraordinario recogimiento o expectación. Pues ese “maravilloso” silencio es el que acontece a veces en las plazas de toros; pero si existe una donde de verdad atruena es desde luego en la Maestranza (“silencios maestrantes” han sido llamados). Sevilla es capaz de producir esos silencios por naturaleza, como contrapartida a su “bulla” legendaria, en ciertos momentos de sagrada unción. También se “escuchan” en las procesiones de Semana Santa (¿cómo puede uno olvidarlos cuando los ha sentido al paso del Cristo del Gran Poder?). 

Pero en la tauromaquia (y en la vida en general) no hay placer sin pena. Los silencios a los que aludimos están hechos de pasta finísima y cualquier percance o insensatez puede romperlos. ¿Quién no ha escuchado con desolación y enfado, en los momentos más álgidos de una faena, cuando el duende parece que baja al albero, esa infaltable voz del tendido que reclama “música” cuando no toca (quiero decir, cuando no corresponde)? El buen aficionado quizá piensa entonces en el hermoso y acertado título que le puso José Bergamín a uno de sus libros, inspirándose en un verso de San Juan de la Cruz: La música callada del toreo. Y quizá piensa también que le gustaría estar en las Ventas, y no en la plaza en la que se encuentra, porque allí no suena la música durante las faenas. Pero no, lo piensa mejor: no es tan fácil encontrar en las Ventas un silencio prolongado, porque siempre hay voces y protestas airadas y permanentes guerras entre los tendidos. Y entonces, otra vez, sueña con Sevilla. Ah sí, allí sí.

JAVIER  GARCÍA  GIBERT

Publicado en Avance taurino, nº 298, 24 de febrero de 2026, págs. 16-20