Superposición del sitio

Jóvenes en las plazas

Hace quince o veinte años, impartiendo una clase de comentario de texto para el último curso de Bachillerato, repartí entre los estudiantes, para analizarlo, un artículo que versaba sobre los problemas que acuciaban al país; el autor se refería a uno de ellos con esta frase: “y alguna vez tendremos que enfrentarnos al miura de la educación”. Les di a los alumnos el tiempo necesario para que leyeran el texto y, una vez concluido, les requerí, como siempre, que me informaran antes de nada de las dificultades de vocabulario que habían encontrado. Uno de los alumnos levantó la mano y me preguntó qué quería decir “miura”. Me quedé perplejo. Es verdad que un profesor, por muchos años de docencia que tenga, nunca deja de sorprenderse ante la aguda perspicacia o la ignorancia supina que en ocasiones muestran sus alumnos. Pero nunca había imaginado que un hablante de español –y natural del país, por más señas- desconociera el significado de ese vocablo. Para que el preguntante advirtiera la gravedad de su falta me dirigí a la clase en general y animé a que cualquiera de sus compañeros le explicara qué quería decir “miura”. Se hizo un silencio largo y doloroso (por lo menos para mí). ¡Resultó que ninguno lo sabía!

Pensé después, en mi casa, que ese triste desconocimiento no resultaba, al fin y a la postre, tan sorprendente, pues era el natural efecto de la “cancelación” mediática en la que se encontraba la tauromaquia en España y la presión del animalismo antitaurino como parte integrante de una ideología woke que había empezado a hacer eclosión en aquellos años. Por otro lado, los hechos cantaban: cualquier aficionado podía advertir que los jóvenes hacía ya unos años que no iban a la plaza. El espectador de los tendidos altos sólo veía calvicies y canicies debajo de sí, y ello contribuía a  instalar en su ánimo pensamientos no demasiado halagüeños sobre el futuro de las corridas de toros.

Hoy las cosas han cambiado. En realidad, la ausencia de los jóvenes no dejaba de ser una anomalía. La juventud era la que sostenía en la calle la tauromaquia popular en los muchos pueblos que cultivaban esa tradición, y era extraño que no acudiera a los cosos taurinos para ver el espectáculo de la tauromaquia culta. Por lo demás, ¿no es acaso el toreo, como se ha dicho a menudo, “el arte de soñar” y no se ha comparado a veces una tarde de toros con un viaje exótico en pos de la aventura? ¿Y no es la juventud, por definición, soñadora y aventurera? Pero los jóvenes estaban en otras cosas, deslumbrados por la revolución digital y por los envolventes mensajes de la corrección política. Aunque esto mismo ha tenido a la postre un efecto contrario al que estaba previsto. La inautenticidad del mundo digital y la machacona insensatez de muchas consignas ideológicas han desvelado, por contraste, las verdades profundas de la tauromaquia. Por lo demás, no resultan extrañas estas conductas reactivas de rebeldía juvenil. Mi generación hizo sus primeras letras con la Formación del Espíritu Nacional y las clases de religión católica. ¿Y cuál fue el resultado? Casi todos salimos ateos y contestatarios en nuestra primera juventud.

Es verdad que el resurgir de los jóvenes en las plazas de toros ha coincidido –hay que reconocerlo- con la fulgurante aparición de Roca Rey como máxima figura. Y la intención del torero peruano ha sido clara: encandilar y rescatar a ese público. Ciertamente, lo ha conseguido,  y hay que agradecérselo. A su sombra ha llegado además todo un plantel de nuevos (o rescatados) toreros con la hierba en la boca, dispuestos y capacitados para ocupar lugares de privilegio en el escalafón taurino. Todo parecen ser, pues, buenos augurios. Es verdad que se dice entre los aficionados “fetén” que los nuevos espectadores taurinos consumen mucho alcohol y que se dejan seducir por tauromaquias mostrencas. Bueno, si esto es así ya madurarán, ya aprenderán. Y, si hay que decirlo todo, a veces molestan más en ciertos tendidos las “entendidas” voces de espectadores alborotando con las cuatro reglillas de su elemental tauromaquia para mostrar lo mucho que (no) saben.

Dentro de esta imprescindible incorporación de la juventud al asunto taurino hay que incluir, por supuesto, a los jóvenes gestores y empresarios de la última generación cuya intención es  revitalizar el espectáculo, promocionándolo de la mejor manera y haciéndolo más ágil y transparente. El reto es conseguir que la tauromaquia deje de ser un espectáculo anticuado en su funcionamiento, en su promoción y en sus estructuras, sin dejar de ser –pues ahí está su “gracia”- el acontecimiento anacrónico que por fortuna sigue siendo en sus raíces, en sus pulsiones, en sus rituales. Y sin perder su inveterado e imperecedero carácter formativo.

Es este un asunto de no poca importancia, que ha sido cuestionado bastante mendazmente por los grupos y lobbies antitaurinos. Hace no mucho, en las páginas de esta misma revista (nº 273), se hacía alusión a la Fundación Franz Weber, de naturaleza ecologista y animalista, que pretende impedir la asistencia de niños y adolescentes a los espectáculos taurinos alegando los daños psicológicos y sociales que provocan. No hace falta recurrir a estudios sociométricos (que los hay: véase el publicado en el año 2020, dirigido por Luis Capucha y avalado por el Centro de Estudios de Sociología de Lisboa; hay pdf en internet) para descubrir que esos supuestos efectos no se producen: no existen trazos de sociopatía alguna (criminalidad, perturbaciones psíquicas asociadas a la violencia, etc.) entre los aficionados o participantes de espectáculos taurinos. Más bien hay constancia de todo lo contrario. Basta con fijarse en la educación que reciben los chicos -y las chicas- que acuden a las Escuelas Taurinas para ver la índole de una depurada formación estoica basada en el respeto, la dignidad, el sacrificio, la autoexigencia, el conocimiento de uno mismo. Unos valores que, ciertamente, no cotizan al alza en esta época y que la tauromaquia sigue preservando como oro en paño. He aquí sólo un botón de muestra. En una reciente entrevista a Cristina Sánchez realizada para el diario ABC, la torero (o torera) de Parla afirmaba lo siguiente:“Lo que frenó mi carrera no fueron el machismo ni los vetos: fue mi espada”. Esta declaración –que acredita por sí misma el genuino espíritu taurino de quien la realiza-  vale por un curso avanzado de ética y es oportunísima para los jóvenes del día, acostumbrados a dejarse llevar por las actitudes de irresponsabilidad y victimización que hoy tanto proliferan.

Aunque este tipo de reflexiones no es algo nuevo entre los muchos intelectuales que han defendido la tauromaquia. A mediados del siglo pasado el ilustre médico y humanista don Gregorio Marañón escribía lo siguiente: “Yo conozco, trato y estimo a bastantes toreros, y son, aun en las épocas hiperbólicas de su esplendor, gente apacible, bondadosa, rara vez petulante, impregnada de profunda y no aprendida filosofía ante el triunfo popular y ante la adulación de ese vasto grupo de seres humanos que necesitan respirar el aliento del héroe para vivir. Suelen ser inesperadamente serios, y muchas veces están tocados de leve melancolía. No hay comparación entre la actitud inteligente que adopta el torero, en general, ante el triunfo y la trivial de cualquier literato que ha estrenado o publicado su primera obra con éxito, o la de uno de esos deportistas, coleccionadores de copas de metal precioso, pero con pie de madera, símbolo de fragilidad.»Las palabras de Marañón caen por su propio peso y tienen validez intemporal. ¿Y quién puede negar que para los jóvenes actuales casi cualquier figura del toreo resulta mejor modelo y de más entidad que la mayoría de los insustanciales héroes mediáticos (no hace falta citar nombres) que hoy pululan y se enseñorean en otros ámbitos?

Así que, en efecto, hemos de alegrarnos de que la juventud haya vuelto a las plazas. Y es de desear –dicho sea de paso- que ya, o muy pronto, una buena parte de los jóvenes españoles vuelva a saber lo que es un “miura”.

JAVIER GARCÍA GIBERT

Publicado en Avance Taurino, nº 285, 25 de Noviembre de 2025, págs. 16-20.