Superposición del sitio

Viajes taurinos

Es magnífico poder ver toros en televisión, comentándolo con amigos en el salón de tu casa. Pero el aficionado desea también contemplar de cerca el brillo de los trajes, percibir el runrún de los tendidos, mirar las faenas en sus tres dimensiones y fijarse en lo que le dé la gana, sin tener que depender del gusto (a menudo mejorable) del realizador televisivo. Para todo ello es necesario acudir a las plazas, y no hay plazas o corridas atractivas en todas partes. Así que hay que viajar. Tauromaquia y viaje van unidos, y por tanto se habla del “viaje taurino”. Se trata de un viaje que en los mejores casos no incluye sólo el desplazamiento al coso del pueblo o ciudad donde se celebra la corrida, sino también paradas gastronómicas y turismo cultural. Y a veces no hace falta siquiera que haya festejo propiamente dicho para considerar a un viaje como “taurino”, pues también lo son –y mucho- los que nos llevan a ampliar nuestro conocimiento del toro y de la tauromaquia, visitando ganaderías bravas y contemplando labores de campo y manejo, o asistiendo, si ha lugar, a clases prácticas y tentaderos. Y, por qué no, aprovechando simplemente la ocasión de caminar por la dehesa, experiencia fascinante que nos pone en contacto con vibraciones ancestrales de naturaleza incontaminada y pura.

Pero hay otro viaje taurino que no es literal, sino metafórico, porque, merced al bendito anacronismo del toreo, la tauromaquia es un viaje a la tradición que nos conduce a otros tiempos y latitudes mentales, a otras épocas de sabor rural en las que había caballos y bueyes y olor a tierra y madera, pero también estoques y medias calzas y capas españolas (de esas que quiso prohibir Esquilache) para jugar con el toro durante el primer tercio. Y esas viejas realidades -y lo que ellas encierran- nos llevan a un mundo que podría muy bien calificarse de “exótico”. Eso explica que muchos de los más célebres taurinos extranjeros (Gautier, Montherlant, Hemingway, Malraux…) fueran también apasionados viajeros a culturas distantes y distintas, en busca de exotismo. No es casualidad que en esos lugares aún puedan encontrarse ceremonias y espectáculos que tienen como protagonistas a grandes bovinos: las peleas de búfalos en Thailandia, el “salto del toro” como rito de paso entre los jóvenes hamer de Etiopía, los sacrificios de bueyes en las fiestas funerales de los Tana Toraja en Indonesia… El ya desaparecido Javier Reverte, el más señalado de nuestros escritores de viajes, publicó en la revista Viajar (19/12/2012) un artículo titulado “Toros” en el que recordaba lugares africanos (Orán, Maputo, Zanzíbar) que habían sido posesión española o portuguesa donde había visto plazas de toros o secuelas y motivos taurinos, y ponderaba al hilo de ello el valor cultural de la tauromaquia, haciendo votos por la pervivencia de “algo tan humanamente primitivo, tan bello y tan salvaje”. Terminaba el artículo aludiendo, por cierto, a la belleza trágica que había experimentado en una reciente corrida en Madrid, donde había sentido que “se revolvía algo muy primitivo, como si mis lejanos ancestros clamaran desde algún lugar remoto de mi alma”. Y, en efecto, es muy digno de advertirse que, para el aficionado español, concurren en la tauromaquia el exotismo más extremo y lo más propio y entrañadamente hispánico.

Esa congenialidad de sentimientos y sensaciones entre el amante de los viajes exóticos y el aficionado taurino se fundamenta en el hecho de que ambos se desplazan voluntariamente fuera de su “zona de confort”, como se dice ahora, para descubrir y experimentar cosas que en su vida ordinaria les están vedadas. Se trata de un viaje con billete de vuelta (de vuelta a casa, de vuelta a la normalidad) que a ambos los traslada a coordenadas muy distintas a las que están acostumbrados. El viajero se desplaza para ver usos extraños, nuevos modos y costumbres, nuevas lenguas, nuevos paisajes; el taurino ve a un hombre jugarse la vida y a una fiera atacar y morir y ello le enfrenta a nuevas categorías épicas, éticas y estéticas y a nuevos patrones de conducta (heroicos, estoicos, solemnes, jerárquicos) que son extraordinarios y que responden a tiempos ya idos (o más bien arquetípicos e imaginarios). Sí, cada tarde de toros es un viaje para el aficionado. Pero ¿qué decir si acude al espectáculo por primera vez? Todo lo que ocurre en la plaza es terra incognita para él, un mundo nuevo. Como les sucedió a los primeros españoles llegados a América, que carecían incluso de conceptos y vocablos para expresar y describir lo que veían: plantas, animales, paisajes, objetos y costumbres extraños. Y tenían que aprender a usar palabras nuevas para designarlos: iguana, tomate, hamaca, cacique, tabaco, huracán… Igual ocurre con el viajero neófito al espectáculo taurino: cárdeno, quite, galleo, castoreño, chicuelina… y otros mil más. Sí, un mundo nuevo.

Luego está la actitud del viajero, que es un buscador expectante e ilusionado, igual que el taurino cuando acude a la plaza. Éste siente una expectación parecida a la del viajero que está a punto de emprender un largo viaje; ambos comparten una misma predisposición a verlo todo, a valorarlo todo. El viajero lo hace con los paisajes, con los monumentos, con los precios de las cosas, con la comida, con la gente; el taurino con el toro, con el torero, con los subalternos, con el público, con la presidencia. Y hay tanto que ver en una plaza. El comportamiento del toro –que también tiene en el argot taurino su particular “viaje”: su embestida animal hacia los engaños- es todo un mundo; pero ¿qué decir del torero? Se torea como se es, se dice; pero también como se está: todo lo que lleva el torero por dentro, sale afuera, tanto la sustancia como la circunstancia. No hay manera de evitarlo. ¿Hay algo más interesante que eso desde un punto de vista humano? Y luego está el arte, la búsqueda de lo memorable, de lo imperecedero en el baile con la fiera, la ilusión del aficionado por fabricar recuerdos que le dejen huella, recuerdos que quedan con fuerza de clavo. ¿No es también eso lo que busca cualquier viajero?

Siempre he pensado que los abolicionistas antitaurinos deberían haber viajado más para curar su autocomplaciente y simplón etnocentrismo ilustrado. Viajar siempre viene bien: antes en España el chauvinismo cerril se curaba viajando; hoy, viajando, algunos españoles podrían curar su acomplejada hispanofobia.

JAVIER GARCÍA GIBERT

Publicado en Avance taurino, nº 315, 23 de junio de 2026, págs. 16-19.